lunes, 11 de junio de 2007

KUHN Y FEYERABEND

LA HISTORIA DE LA CIENCIA
por Ricardo Etchegaray

El modelo de progreso científico: avance por rupturas

Para el racionalismo, la ciencia avanza sólidamente sobre un fundamento cierto e indudable con un método riguroso. Para el empirismo, la ciencia progresa acumulativa y linealmente en proporción directa al desarrollo de la experiencia. Para el método crítico, la ciencia se desarrolla descartando las teorías que demostraran con el tiempo ser falsas o incoherentes con otras teorías aceptadas, en un progresivo acercamiento a la verdad. La concepción del epistemólogo e historiador de la ciencia Thomas Kuhn[1] se basa en un modelo diferente del progreso científico. Para este autor la ciencia no se despliega lineal y acumulativamente en un camino progresivo hacia la verdad, sino que progresa por etapas discontinuas. Su concepción se deriva de sus investigaciones en la historia de la ciencia, de sus intentos de comprender lo que los científicos han hecho efectivamente y no de lo que se supone que debieran hacer, a partir de las prescripciones metodológicas. Desde las perspectivas de los distintos métodos científicos, la ciencia parece ser un avance continuo hacia la verdad, la cual se supone garantizada si se siguen las pautas y prescripciones del método. Sin embargo, Kuhn observa que en la historia, los métodos y los presupuestos han cambiado y que en los momentos de cambio parecen perderse las pautas y los criterios firmes. De allí que su objetivo sea tratar de comprender si existe un orden o estructura en la historia de las ciencias.
Kuhn propone sustituir el modelo vigente de la ciencia, en el que es entendida como una “evolución-hacia-lo-que-desea­mos-conocer” por “la evolución-a-partir-de-lo-que-conocemos”, sosteniendo que el criterio para evaluar el desarrollo científico es el con­texto de su producción. En otras palabras, Kuhn sugiere remplazar la concepción del progreso científico como una empresa de la humanidad según la cual ésta se acerca progresivamente a una verdad, aunque ésta sea hipotética o contingente, por una concepción de la ciencia como empresa histórica y socialmente situada, cuyo progreso, si bien innegable, no consiste en el acercamiento continuo hacia la plenitud del conocimiento. En todos los métodos estudiados se supone un comienzo o punto de partida y un objetivo final o último para la ciencia. Para el método deductivo el punto de partida es la evidencia y el fin es el conocimiento de una verdad universal y necesaria, segura y rigurosa. Para el método inductivo el conocimiento comienza con la observación y la experiencia y culmina en el establecimiento de leyes “tan generales como sea posible”, que si bien son contingentes, sirven como una base razonable que permite la predicción y el control de los hechos. Para el método crítico la ciencia comienza con problemas, a los cuales se responde con hipótesis o conjeturas razonables, las que permitirán un acercamiento progresivo a la verdad, permitiendo deshacerse de teorías inconsistentes mediante la crítica abierta y los intentos de falsación.
La historia de las ciencias muestra que éstas no se mantienen invariables a través de la historia, sino que, por el contrario, hay cambios tan radicales que difícilmente pueda considerarse que una ciencia sea la misma durante toda la historia. Por ejemplo, entre la geometría egipcia y la geometría griega o entre la física antigua de Ptolomeo y la moderna de Newton, hay cambios tan radicales que difícilmente puedan considerarse “la misma ciencia”. A partir de los estudios de la historia de la ciencia, Kuhn observa que no hay un punto absoluto de comienzo de la ciencia (sino que está “recomenzando” en cada situación histórica, más específicamente: en cada etapa de “ciencia normal”), tampoco hay por qué suponer que haya un punto de llegada absoluto (la verdad última y definitiva) hacia el cual converjan todos los conocimientos científicos de todos los tiempos[2]. Si bien los cambios son tan radicales en cada época que habría que desestimar los intentos de comprenderlos como etapas de un mismo proceso, Kuhn se pregunta si no habrá una estructura subyacente en los procesos históricos de las distintas ciencias o en las distintas épocas. Para responder a esta pregunta propone un esquema de las sucesivas etapas por la que transitan las ciencias: (1) preciencia, (2) adopción de un paradigma, (3) período de ciencia normal, (4) acumulación de anomalías, (5) etapa de crisis, (6) revolución científica, (7) estableci­miento de un nuevo paradigma, (8) nuevo período de ciencia normal, y así, sucesivamen­te.
El concepto ordenador de este esquema es el de paradigma. El paradigma se define como un conjunto de afirmaciones, supuestos, creencias, opiniones, imágenes, representaciones e incluso sentimientos que tiene por función “servir de marco” para la práctica científica de una comuni­dad en un momento histó­rico dado. Entre el conjunto de las afirmaciones se contarán las teorías, leyes y normativas metodológicas pertenecientes a una disciplina científica, pero éstas no agotarán el «contenido» del paradigma. Éste incluye, además, creencias, supuestos metafísicos, ontológicos, religio­sos; recogerá la arti­culación de la ciencia y de la comuni­dad científica con otros discursos y comunidades (es decir, tendrá una articu­lación «política», en un sentido amplio); contendrá gustos estéti­cos y valores morales.
Los modelos anteriores de la ciencia se propusieron separar lo subjetivo de lo objetivo en el conocimiento de la ciencia. Para el modelo deductivo, había que realizar una tarea previa de “desescombramiento” que permitiera liberarse de los prejuicios y de las creencias admitidas sin justificación o fundamento. Para el modelo inductivo, había que eliminar los prejuicios subjetivos, tales como los valores o las convicciones religiosas o políticas, que distorsionan la observación. Para el modelo crítico, lo subjetivo no puede separarse y suprimirse por completo, pero se puede someter toda proposición al juicio crítico y a los intentos de falsación, que aseguren así la “objetividad” del saber. Kuhn observa que los elementos subjetivos y los objetivos en el conocimiento son inseparables y, en alguna medida, indiscernibles. Los saberes previos, los prejuicios, las creencias y convicciones aceptadas e incluso los principios y fundamentos de la ciencia en un período histórico determinado son parte de un paradigma y no es posible tomar distancia de ellos, distinguirlos, separarlos y eliminarlos.
Tal vez, un paradigma pueda ser mejor definido por sus funciones que por sus contenidos. Un para­digma es aquello “que comparten los miembros de una comunidad científica”[3]. Compartir un paradigma quiere decir, entre otras cosas, compartir una forma de “modelo de aproximación al mundo” y una cantidad de problemas que se le presentan a ese intento de comprender el mundo, que deter­mi­nan una visión. De este modo, compartir un paradigma implica, también, compartir la empresa de resolver los mismos problemas. La función del paradigma es, pues, servir de marco al proceso de conocimiento e investigación. Sin embargo, y por esta misma característica de plantear un rango de problemas posibles a la investiga­ción, el paradigma nunca es un conjunto completo ni cerrado. Más aún, nunca está completamente definido ni siquiera para la misma comunidad que lo está desarro­llando.
Es porque cumple con esta función de marco para el desarrollo de la activi­dad de una comunidad científica, y también por su dependencia respecto del desarrollo para alcanzar cierta definición, que el concepto de paradigma no se entiende sino en relación con el de ciencia normal. En el esquema se indicó que la etapa que sucede a la de la adopción de un paradigma es la del desarro­llo de la ciencia normal[4]. Este período es, entonces, el proceso de investigación de los problemas planteados por la nueva forma de ver el mundo del paradigma adoptado y, a su vez, el proceso de su definición y enriquecimiento. El período de ciencia normal hace referencia a la actividad cotidiana de investigación y producción que realizan los científicos de una ciencia particular.
Hay, por otra parte, dos características que debe tener un paradigma para que llegue a ser adoptado por una comunidad científica, a saber: que el logro de los objetivos que propone “carezca suficientemente de antecedentes como para poder atraer a un grupo duradero de partidarios, aleján­dolos de los aspectos de competencia de la actividad científica” y que “simul­táneamente sean lo bastante incompletos para dejar muchos problemas para ser resueltos por el redelimitado grupo de científicos”[5]. En otras palabras, un paradigma debe ser original y, al mismo tiempo, incompleto. La origina­lidad es necesaria puesto que se supone que un nuevo paradigma se instala en un momento dado en virtud de una revolución científica; se supone que aporta una visión del mundo -y de las posibilidades de conocer el mundo- diferente de la apor­tada por el paradigma anterior; y en consecuencia, sus problemas y sus propuestas son alentadores para la investigación. Al mismo tiempo, debe ser incompleto porque debe dejar lugar al desarrollo histórico de la investigación. Ambas características se funden en el carácter de la promesa del paradigma. En efecto, el que un paradigma se “imponga” en un momento determinado no se debe a que ya haya sido “exitoso”, es decir, que haya ya arrojado buenos resultados, sino que “el éxito de un para­digma... es al principio, en gran parte, una promesa de éxito discernible en ejemplos seleccionados y todavía incompletos”[6]. Por su parte, la ciencia normal “consiste en la realización de esa promesa, una realización lograda mediante la ampliación del conocimiento de aquellos hechos que el paradigma muestra como particularmente reveladores, aumen­tando la extensión del acopla­miento entre esos hechos y las pre­dicciones del paradigma y por medio de la articulación ulterior del paradigma mismo”.[7]
Al referirse a la ciencia normal, Kuhn dice además que se trata de una “in­vestigación basada firmemente en una o más reali­zaciones científicas pasadas, realizaciones que alguna comunidad científica particular reconoce, durante cierto tiempo, como funda­mento para su práctica posterior”[8]. Es decir, que la ciencia normal es el esfuerzo de una comunidad por desarrollar un paradig­ma; esto es: precisar y resolver sus problemas y sus “enigmas”, evaluar su capacidad explica­tiva y predictiva, minimizar sus limitaciones. Kuhn define esta tarea de articulación como una “opera­ción de limpieza” que tiene lugar durante un período de ciencia normal y que, concretamente, consiste en “un intento de obligar a la natura­leza a que encaje dentro de los límites preestablecidos y relativamen­te infle­xibles que proporciona el paradigma. Ninguna parte del objetivo de la ciencia normal está encaminada a provocar nuevos tipos de fenóme­nos; en reali­dad, a los fenómenos que no encajarían dentro de los límites mencionados frecuentemente ni siquiera se los ve”[9].
La ciencia normal puede desarro­llarse solamente dentro de las limitaciones que impone el marco del paradigma. El paradigma permite percibir, problematizar y comprender ciertos fenómenos, al mismo tiempo que impide e imposibilita otros. Los límites que estable­ce un paradigma tienen una naturaleza doble de permitir “ver” pero, al mismo tiempo, “ocultar”. Cada “nuevo” paradigma en la ciencia moderna, como se ha visto, señala y critica lo que el modelo anterior no permitía ver, pero al mismo tiempo padece de una ceguera propia, derivada de sus propios supuestos.
¿De qué modo funcio­nan los límites impues­tos por el paradigma en el período de ciencia normal? Las interpreta­ciones que los científi­cos hacen de sus observaciones de la reali­dad presuponen un paradigma y, al mismo tiempo, la tarea de la interpreta­ción es una tarea de enriquecimiento del paradigma. Pero, observa Kuhn, “es­ta empresa de inter­pretación (...) sólo puede articular un paradigma, no corre­girlo”[10]. En este esfuerzo de la ciencia normal por articular el paradig­ma, muchos problemas quedan irresueltos, y muchos nuevos proble­mas se plantean -algunos de ellos son irrelevantes, y otros exigen una respuesta inmediata. Estos inconvenientes, que la ciencia normal tenderá a ignorar en un principio, constituyen posteriormente las anomalías[11] con las que se enfrenta un paradigma. El reconoci­miento de las anomalías inicia un período de crisis que, eventualmente, culminará con una revolución científica y el reemplazo total o parcial del paradigma por uno nuevo.
Es importante tener en cuenta algunas aclaraciones respecto de los problemas y las anomalías. En primer lugar, no todos los problemas, ni en todas las circunstancias, constituyen anomalías. Existen tres condiciones diferentes que hacen que un problema constituya una anomalía. La primera es el aumento en el número de problemas irresueltos; la segunda es que haya uno o más problemas que sean reconocidos como urgentes o que estos problemas resulten ser prioritarios respecto de la articulación de otros problemas o enigmas. En ambos casos, no es una característica del problema en sí mismo lo que hace que sea percibido como una anomalía, sino su relación con otros elementos o aspectos de la investigación científica. Por el contrario, en el comienzo de una etapa de ciencia normal, ni la cantidad ni la calidad de los problemas o enigmas son necesariamente una objeción al paradigma, sino que son un indicio de sus potencialidades. Queda claro, a partir de lo anterior, que los factores que llevan a percibir un problema como anomalía puede ser también un factor «ajeno» al desarrollo de la ciencia normal -es decir, a la contrastación de hipótesis, aplicación de las leyes a nuevos hechos, etc.-, aunque no ajeno al paradigma. La tercera condición es algún tipo de presión social a la cual la comunidad científica no pueda dar respuesta desde el paradigma que esté en desarrollo.
En segundo lugar, el reconocimiento de las anomalías no es posible si uno se ubica dentro del desarrollo de la ciencia normal; en otras palabras, si la ciencia normal tiene como condición de posibilidad la aceptación de un paradigma, para poder identificar las anomalías es necesario que ya se haya comenzado a desconfiar y hasta a abandonar ese paradigma, de alguna manera.
Para aclarar esta cuestión, Kuhn recurre a las investigaciones de la Psicología de la Gestalt. El reconocimiento de las anomalías y el ulterior pasaje de un paradigma a otro se opera mediante una “reestructuración Ges­tálti­ca”[12] de la visión del mundo. De un momento a otro, el mundo ha cambiado por completo. Ya nada es lo que era antes sin que se pueda establecer una transición entre el pasado disuelto y el presente promisorio. Un paradigma es, precisa­mente, la forma en que una comunidad científica organiza las experien­cias. Es por esto que el pasaje de un paradigma a otro se da bajo la forma de una revolución, es decir, de una ruptura. Un cambio de paradigma es, como dice Kuhn, un “cambio en la concepción del mundo”.
No obstante, el cambio de un paradigma por otro -es decir, una revolución científica- no es un acontecimiento inmediatamente posterior al surgimiento de una crisis, y mucho menos un acontecimiento “instantáneo”. Hay que tener en cuenta que las revoluciones científicas no tienen lugar si solamente un científico o unos pocos cambian su visión del mundo. Muchas veces, hasta es necesario que la revolución científica sea acompañada por cambios en las estructuras y las instituciones sociales para que se consolide y un nuevo paradigma termine siendo generalmente aceptado. Entre la adhesión a un paradigma y la adopción de otro median períodos de confusión, de disgregación de la comunidad científica, en la cual algunos científicos pueden haber percibido ya la nueva “figura” del mundo mientras que otros no lo logran o no quieren lograrlo. Estos períodos, a su vez, pueden llegar a abarcar varios años, o hasta siglos.
En resumen, las consecuencias del modelo de Kuhn son las siguientes:
1) El modelo de avance científico no es lineal sino que procede por rupturas o revoluciones que consisten en cambios de paradigma[13].
2) En consecuencia, el progreso tampoco es acumulativo, dado que junto con la visión del mundo se pierden perspectivas, proble­mas, posibles solucio­nes.
3) El trabajo de investigación científica adquiere, dentro de este marco, una dimensión histórica que no se había tenido en cuenta en las concepciones anteriores.
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EL «ANARQUISMO» EPISTEMOLÓGICO DE PAUL FEYERABEND
por Ricardo Etchegaray

El argumento fundamental del enfoque epistemológico de Paul Feyerabend, análogamente a lo que dijimos a propósito de Kuhn, consiste en afirmar que la práctica real de las ciencias -así como de cualquier actividad humana- es infinitamente más rica que lo que pretenden las reconstrucciones metodológicas. Más aún, Feyerabend llega a sostener no sólo que las reglas norma­tivas de la investigación han sido violadas de hecho en muchos casos históricos, sino además que esta transgresión o ignorancia de las reglas ha sido condición de progreso de las ciencias: “nos encontramos con que no hay una sola regla, por plausible que sea, ni por firmemente basada en la epistemología que venga, que no sea infringida en una ocasión o en otra. Llega a ser evidente que tales infracciones no ocurren accidentalmente... [sino] que son necesarias para el progreso”[14].
Se justifica de este modo el rechazo de una interpretación de la ciencia que reduzca tanto sus procedimientos como su histo­ria a su «reconstrucción racional», o a un proceso de «crítica racional», exclusivamente. Si se abordara la historia y la labor científica en toda su complejidad, “la historia de la ciencia será tan compleja, tan caótica, tan llena de error y tan divertida como las ideas que contenga, y estas ideas serán a su vez tan complejas, tan caóti­cas, tan llenas de error y tan divertidas como las mentes de quienes las inven­taron”.[15] Sin embargo, añade Feyerabend, la educación científica realiza un “lavado de cerebros” mediante el cual se opera una «simplificación racionalis­ta» y se excluye del modelo del “buen científico” todo rasgo de «irracionalidad». Este proceso es brevemente descripto del modo siguiente: “Primeramente, se define un dominio de inves­tigación [o una base empírica, objeto de conocimiento]. A continuación, el dominio se separa del resto de la historia (la física, por ejemplo, se separa de la metafísica y de la teología) y recibe una «lógica» propia [es decir, una forma de sistematización metodológica del conocimiento de su objeto]. Después, un entrenamiento completo en esa lógica condicio­na a aquellos que trabajan en el dominio en cuestión para que no puedan entur­biar involuntariamente la pureza (léase la esterilidad) que han conse­gui­do”.[16] Es decir, se trata de un proceso de eliminación de rasgos «psicologistas» (por recordar las consideraciones popperianas) y los nexos sociales dentro de la comunidad científica y en relación con otros sectores no científicos de la sociedad, también. Como consecuencia del mismo, “la religión de una persona, por ejemplo, o su metafí­sica o su sentido del humor no deben tener el más ligero contacto con su activi­dad científica. Su imaginación queda restringida e incluso su lenguaje deja de ser el que le es propio”[17].
Es interesante, por lo demás, el juego que hace Feyerabend aquí entre las nociones de «pureza» del conocimiento y «esterilidad», cambiando la valoración positiva de la objetividad y la neutralidad valorativa a la que se refiere la primera por el sentido de limitación para la investigación que contiene la segunda.

El método contrainductivo

No obstante, esta crítica de la forma tradicional (empirista-positivista) de concebir cómo la labor de investigación debería desarrollarse (recordemos la distinción lakatosiana entre lo que la historia real es y lo que debería ser) no implica que Feyera­bend rechace toda normatividad ni toda metodología. Es importante insistir en que la crítica se dirige a las limitaciones de la concepción racionalista más rigurosa. “No hay nada así como un «método cientí­fico», o un «modo científico de trabajo» que guiaría todas las etapas de la empresa científica”[18]. Por otra parte, observa que “las leyes de todo sistema lógico se aplican solamente en la medida en que los conceptos se mantienen estables a través de una argumentación: condición raramente cumplida en un debate científico de interés”[19].
Así, para ampliar el conjunto lógico-metodo­ló­gico, Feyerabend propone un prin­ci­pio de «proliferación» que implica una metodología que denomina «contrainducción». Ambos garantiza­rían que la potencialidad y flexibilidad de la racionalidad ampliada sean «legítimamente aplicadas» en el proceso de elabora­ción y selec­ción de teorías. “Mi inten­ción -escribe Feyera­bend- no es sustituir un conjunto de reglas generales por otro conjunto; por el contrario, mi inten­ción en conven­cer al lector de que todas las metodolo­gías, inclui­das las más obvias, tienen sus límites”.[20] En virtud de la conside­ra­ción de estos límites se hace necesario no sólo transgre­dirlos sino, eventual­mente, hacer precisamente lo contrario de lo que las prescripciones metodológi­cas aconsejan. El principio de proliferación consistirá enton­ces en “inventar y elaborar teorías que sean inconsistentes con el punto de vista comúnmente aceptado, aún en el supuesto de que éste venga altamente confirmado y goce de general aceptación”[21]. El punto de vista comúnmente aceptado al que hace referencia Feyerabend aquí, puede consistir tanto en teorías científicas, como en datos de la percepción o hasta el «sentido común» de la época.
Encontramos un ejemplo de la inconsistencia que aconseja el principio de proliferación en la contrainduc­ción. Recordemos en primer lugar que, al enumerar algunas de las causas por las cuales una teoría puede ser rechazada mencionamos su incoherencia con los datos de la observación empírica. Sin embargo, luego de reco­rrer el modelo kuhneano de percepción y de experien­cia, resul­ta que en esta última no hay nada semejan­te a «datos puros» o «hechos». Esto significa que siempre que se tenga en cuenta un hecho se estará teniendo en cuenta, más o menos explíci­tamente, la teoría que permite percibir ese hecho. Es por esto que Feyerabend sugiere mediante la contrainduc­ción “la introduc­ción, elaboración y propagación de hipótesis que sean inconsis­tentes o con teorías bien establecidas o con hechos bien establecidos”. [22]
Feyerabend encuentra un caso de conclusión contrainductiva en la historia de la ciencia, con Galileo. Argumenta que, si Galileo se hubiera atenido a los procedimientos inductivos (es decir, al procedimiento de registrar observaciones y luego inferir leyes coherentes con ellas), nunca hubiera concluido que la tierra se mueve. Son conocidas las experiencias mentales que realizaba Galileo respecto de qué ocurre cuando los cuerpos se lanzan desde alguna altura. Si la tierra se moviera, un cuerpo arrojado desde un mástil o una torre debería caer un poco más atrás del punto desde donde fue arrojado. En cambio, esto no ocurre así porque, si no hay viento, el cuerpo cae en el mismo punto. La inferencia inductiva a partir de estas «observaciones» consistiría en afirmar la ausencia de movimiento terrestre. Sin embargo, Galileo, en contra de la «evidencia observacional», sostiene el movimiento terrestre e introduce la hipótesis de que el movimiento de caída es un movimiento compuesto por el movimiento hacia abajo más otro inercial que le imprime a los cuerpos el movimiento terrestre. En esto consis­tiría proceder contrainductivamente: en inferir, a partir de los hechos, enunciados que no sean coherentes con aquéllos. Este proceder, por otra parte, no desplaza necesaria ni completamente todo comporta­miento induc­tivo o deductivo, sino que se agregaría a ellos como un recurso más de la investigación científica.

Ciencia y poder

Tanto la concepción de la ciencia de Kuhn, como la de Feyerabend implican no sólo la contextualización histórica de la ciencia, sino también su relación con las relaciones de poder dentro de la comunidad científica y entre la comunidad científica y el resto de la sociedad. En este sentido, podemos decir que ambos autores sí tienen en común la aceptación de metodologías pluralistas y perspectivas diversas.
La concepción de la ciencia que se desprende de estos princi­pios puede ser sintetizada por esta afirmación: “la ciencia, en cuanto es practicada por nuestros grandes científicos, es una habilidad, o un arte, pero no una ciencia en el sentido de una empresa racional que obedece estándares inalte­rables de la razón y que sus conceptos bien definidos, esta­bles, objetivos y por esto también independientes de la práctica”. Y continúa diciendo acerca de la diferenciación entre ciencias del espíritu y las ciencias de la naturaleza “no existen ciencias en el sentido de nuestros raciona­listas; sólo hay humanida­des. Las ciencias en cuanto opuestas a las humanida­des sólo existen en las cabezas de los filósofos cabalgadas por los sueños”[23].
Una ciencia que insistiera en conservar sus estándares de racionalidad por sobre la evidencia histórica de su eventual prescindibilidad -y de la fertilidad de tal prescindibilidad- sí pecaría de irracionalidad y dogmatismo. De hecho, Feyerabend afirma que “no hay nada inherente a la ciencia o ninguna otra ideología que la haga esencialmente liberadora. Las ideologías pueden deteriorarse y convertirse en estúpidas religiones”[24]. Y éste es el riesgo que la ciencia corre si mantiene, entre otras estrecheces, la concepción limitada de la racionalidad: “no hay razones -argumenta- que obliguen a preferir la ciencia y el racio­nalismo occidental a otras tradicio­nes, o que le presten mayor peso”[25]. Y el dogmatismo se manifiesta en el hecho de que “hoy se acepta el veredicto de científicos o de otros expertos con la misma reverencia propia de débiles mentales que se reservaba antes a obispos y cardenales, y los filósofos, en lugar de criti­car este proceso, intentan demostrar su «racionalidad» interna”[26].
La concepción estrecha de la ciencia impone, si aceptamos su paralelismo con la concepción del mundo en general, una cosmovi­sión igualmente estrecha que, por su parte, tiene alcances mucho mayores en el ámbito social, más allá de la mera especulación científica: “muchos de los llamados grandes son monomaníacos que no tuvieron escrúpulos en destruir su humanidad (y la de sus amigos y colaboradores) para poder acabar así el cuadro perfecto, la teoría perfecta, el arma perfecta; pero incluso estas vidas pueden encajar sólo en un plano después de que la eliminación de numerosas equivoca­ciones, falsos comien­zos y accidentes produce la ilusión de simplicidad. El hecho es que nosotros creamos nuestras vidas actuando en y sobre condiciones que nos re-crean cons­tante­mente.”[27]
Por otra parte, Feyerabend tampoco es ingenuamente optimista respecto de la acepta­ción de la racionalidad ampliada como criterio aplicable a la ciencia. Este movimiento de rechazo a las «viejas» concepcio­nes no son más que “los primeros pasos de tanteo hacia una nueva ilustración” que, a su turno, deberá ser combati­da. Pero, entre­tanto, “hay que permitir que los mitos, que las sugeren­cias lle­guen a formar parte de la ciencia y a influir en su desarrollo. No sirve de nada insistir en que carecen de base empírica, o que son incoherentes o que tropiezan con hechos básicos. Algunas de las más bellas teorías modernas fueron en su día incoherentes, care­cieron de base y chocaron con los hechos básicos del tiempo en que se las propuso por primera vez. Tuvieron éxito porque se las usó de una forma que ahora se niega a los recién llegados”[28].
De este modo, la lucha por la aceptación o imposición de teorías cientí­ficas -y de la concepción científica del mundo en general- no es una argumenta­ción de tipo estrictamente racional, lógico-metodológica, sino que tiene características políticas, es decir, que la articulación de la ciencia en el medio histórico social en el que se desarrolla es en gran medida decisiva respecto de sus decisiones «internas».
Terminamos, así, con la presentación de la alternativa de Feyerabend a la concepción de racionalidad tradicional de la epistemología de orientación logicista-racionalista enumerando sus rasgos fundamentales:
1) Reemplazo de la defensa de una metodología única por un principio de proliferación o «todo vale»;
2) En consecuencia, extensión de los recursos de la investi­gación cientí­fica a herramien­tas que no son consideradas estricta­mente racionales por no ser lógico-metodológicas, como es el caso de su metodología contrain­ductiva;
3) Incorporación al conjunto de problemáticas epistemológicas de la relación de la ciencia con otros discursos y actividades humanas contemporáneas con su desarrollo;
4) Especial interés, en este proceso de contextualización política de la ciencia por la problemática de la educación del científico y de la sociedad, en general.

GUÍA DE PREGUNTAS:

1. ¿Por dónde comienza la ciencia y cómo progresa el conocimiento para Kuhn? 2. Compare la postura de Kuhn con la de los métodos deductivo, inductivo y crítico. 3. ¿Qué es un paradigma y cuál es su función? 4. Compare el concepto de “anomalía”con el de “falsación”. 5. ¿Cuál es la posición de Feyerabend respecto del método científico? 6. ¿A qué se llama contrainducción? Ejemplifique y compare con la inducción.

LECTURA Y ANÁLISIS DE TEXTOS

a. Paradigma

En su uso establecido un paradigma es un modelo o patrón aceptado y este aspecto de su significado me ha permitido apropiarme la palabra «paradigma» a falta de otro término mejor. [...] En la gramática [latina], por ejemplo, «amo, amas, amat» es un paradigma, debido a que muestra el patrón o modelo que debe utili­zarse para conjugar gran número de otros verbos latinos, v.gr.: para producir «laudo, laudas, laudat». En esta aplica­ción común, el paradigma funciona, permitiendo la renovación de ejemplos cada uno de los cuales podría servir para reemplazar­lo. Por otra parte, en una ciencia, un paradigma es raramente un objeto para renovación. En lugar de ello, tal y como una decisión judicial aceptada en el derecho común, es un objeto para una mayor articulación y especificación, en condiciones nuevas o más rigurosas.
[...] El éxito de un paradigma -ya sea el análisis del movimiento de Aristóte­les, los cálculos hechos por Tolomeo de la posición planetaria, la aplicación hecha por Lavoisier de la balanza o la matematización del campo electromagnéti­co por Maxwell- es al principio, en gran parte, una promesa de éxito discerni­ble en ejemplos seleccionados y todavía incompletos. La ciencia normal[29] consiste en la realización de esa promesa, una realización ligada mediante una amplia­ción del conocimiento de aquellos hechos que el paradigma muestra como particularmente reveladores, aumentando la extensión del acoplamiento entre esos hechos y las predicciones del paradigma y por medio de la articulación ulterior del paradigma mismo.

b. La ciencia normal y sus límites

Ninguna parte del objetivo de la ciencia normal está encaminada a provo­car nuevos tipos de fenómenos; en realidad, a los fenómenos que no encajarían dentro de los límites mencionados (es decir, los límites del paradigma) frecuentemente ni siquiera se los ve. Tampoco tienden normalmente los científicos a descubrir nuevas teorías (que pudieren eventualmente competir con las teorías que se desprenden del paradigma, o que implicaren el rechazo de algún aspecto del paradigma que la comunidad cientítfica considere confiable) y a menudo se muestran intolerantes con las formuladas por otros[30].

c. Los problemas fácticos de la ciencia normal

Creo que hay sólo tres focos normales para la investigación científica fáctica[31] y no siempre ni permanentemente, distintos. Primeramente, encontramos la clase de hechos que el paradigma ha mostrado que son particularmente revela­dores de la naturaleza de las cosas. Al emplearlos para resolver proble­mas, el paradigma ha hecho que valga la pena determinarlos con mayor precisión y en una mayor variedad de situaciones[32].
[...] Una segunda clase habitual, aunque menor, de determinaciones fácticas se dirige hacia los hechos que, aunque no tengan a menudo mucho interés intrínse­co, pueden compararse directamente con predicciones de la teoría del paradigma.
[...] La existencia de paradigmas establece el problema que debe resolverse; con frecuencia, la teoría del paradigma se encuentra implicada directamente en el diseño del aparato capaz de resolver el problema[33].
[...] Una tercera clase de experimentos y observaciones agota, creo yo, las tareas de reunión de hechos de la ciencia normal. Consiste en el trabajo empírico emprendido para articular la teoría del paradigma, resolviendo algunas de sus ambigüedades residuales y permitiendo resolver problemas hacia los que anteriormente sólo se había llamado la atención[34].

d. Los problemas teóricos de la ciencia normal

Veamos ahora el problema teórico de la ciencia normal, que cae muy aproximadamente dentro de las mismas clases que los experimentales o de obser­vación. Una parte del trabajo teórico normal, aunque sólo una parte pequeña, consiste simplemente en el uso de la teoría existente para predecir información fáctica de valor intrínseco. El establecimiento de efemérides astronómicas, el cálculo de las características de las lentes y la producción de curvas de propagación de radio son ejemplos de problemas de este tipo. [...] Su fin es mostrar una nueva aplicación del paradigma o aumentar la precisión de una aplicación que ya se haya hecho.

e. La revolución científica

Examinando el registro de la investigación pasada, desde la atalaya de la historiografía contemporánea, el historiador de la ciencia puede sentirse tentado a proclamar que cuando cambian los paradigmas, el mundo mismo cambia con ellos. Guiados por un nuevo paradigma, los científicos adoptan nuevos instrumentos y buscan en lugares nuevos. Lo que es todavía más importante, durante las revoluciones los científicos ven cosas nuevas y diferentes al mirar con instrumentos conocidos y en lugares en los que ya habían buscado antes[35]. Es algo así como si la comunidad profesional fuera transportada repentinamente a otro planeta, donde los objetos familiares se ven bajo una luz diferente y, además, se les unen otros objetos desconocidos. Por supuesto, no sucede nada de eso: no hay transplante geográfico; fuera del laboratorio, la vida cotidia­na continúa como antes. Sin embargo; los cambios de paradigmas hacen que los científicos vean el mundo de investigación, que les es propio, de manera dife­rente. En la medida en que su único acceso para ese mundo se lleva a cabo a través de lo que ven y hacen, podemos desear decir que, después de una revolu­ción, los científicos responden a un mundo diferente.

f. Revolución e inconmensurabilidad

Ninguno de esos temas productores de crisis ha creado todavía una alter­nativa viable para el paradigma epistemológico tradicional; pero comienzan a insinuar lo que serán algunas de las características del paradigma. Por ejem­plo, me doy cuenta perfectamente de la dificultad creada al decir que, cuando Aristóteles y Galileo miraron a piedras oscilantes, el primero vio una caída forzada y el segundo un péndulo. Las mismas dificultades presentan, en forma todavía más fundamental, las frases iniciales de esta sección: aunque el mundo no cambia con un cambio de paradigma, el científico después trabaja en un mundo diferente. No obstante, estoy convencido de que debemos aprender a interpretar el sentido de enunciados que, por lo menos, se parezcan a ésos. Lo que sucede durante una revolución científica no puede reducirse completamente a una reinterpretación de datos individuales y estables. En primer lugar, los datos no son inequívocamente estables. Un péndulo no es una piedra que cae (...). Por consiguiente, los datos que reúnen los científicos de esos objetos diversos son, ellos mismos diferentes. Lo que es más importante, el proceso por medio del cual el individuo o la comunidad lleva a cabo la transición de la caída forzada al péndulo (...) no se parece a una interpretación. ¿Cómo podría serlo, a falta de datos fijos que pudieran interpretar los científicos? En lugar de ser un intérprete, el científico que acepta un nuevo paradigma es como el hombre que lleva lentes inversores[36].[37]
[Kuhn muestra que todas las operaciones y mediciones de las que los científicos se valen en los laboratorios, están determinadas por el paradigma. Ello explica, que dos científicos con diferentes paradigmas, hagan diferentes mediciones e instrumentalizaciones. Un paradigma diseña una visión del mundo, donde todos los elementos están interrelacionados.]

Guía de preguntas:

1. ¿Qué es un «paradigma»? 2. ¿Cómo «funciona» un paradigma? 3. ¿Qué es la «ciencia normal»? 4. ¿Cuándo un paradigma tiene éxito? 5. ¿Cuáles son los límites de la actividad de la «ciencia normal»? 6. ¿Cuáles son los focos que nuclean la investigación fáctica de la «ciencia normal»? Explíquelos. 7. ¿Cuáles son los problemas teóricos de la «ciencia normal»? 8. Cuando cambian los paradigmas, ¿cambia el mundo con ellos? 9. ¿Qué es una «revolución científica»? 10. ¿Por qué una «revolución científica» no es una mera reinterpretación?

El anarquismo epistemológico

El siguiente ensayo ha sido escrito desde la convicción de que el anarquismo[38] ‑que no es, quizá, la filosofía política más atractiva‑ puede procurar, sin duda, una base excelente a la epistemología y a la filosofía de la ciencia.
No es difícil demostrar por qué.
«La historia en general, y la historia de las revoluciones en particular, es siempre más rica en contenido, más variada, más multilateral, más viva y sutil de lo que incluso el mejor historiador y el mejor metodólogo pueden imaginar.» «Accidentes y coyunturas, y curiosas yuxtaposiciones de eventos» son la sustancia misma de la historia y «la complejidad del cambio humano y el carácter impredecible de las últimas consecuencias de cualquier acto o decisión de los hombres», su rasgo más sobresaliente. ¿Vamos a creer verdaderamente que un racimo de simples e ingenuas reglas sea capaz de explicar tal red de interacciones”? ¿Y no está claro que una persona que participa en un proceso complejo de esta clase tendrá éxito sólo si es un oportunista sin contemplaciones y si es capaz de cambiar rápidamente de un método a otro?
[...] La ciencia como realmente la encontramos en la historia es una combinación de tales reglas y de error[39]. De lo que se sigue que el científico que trabaja en una situación histórica particular debe aprender a reconocer el error y a convivir con él, teniendo siempre presente que él mismo está sujeto a añadir nuevos errores en cualquier etapa de la investigación. Necesita una teoría del error que añadir a las reglas «ciertas e infalibles» que definen «la aproximación a la verdad».
[...] Una teoría del error[40] habrá de contener por ello reglas basadas en la experiencia y la práctica, indicaciones útiles, sugerencias heurísticas* mejor que leyes generales y habrá de relacionar estas indicaciones y estas sugerencias con episodios históricos para que se vea en detalle cómo algunas de ellas han llevado al éxito a algunas personas en algunas ocasiones. Desarrollará la imaginación del estudiante sin proveerle de prescripciones y procedimientos ya preparados e inalterables. Habrá de ser más una colección de historias que una teoría propiamente dicha, y deberá contener una buena cantidad de chismorreos sin propósito de los que cada cual pueda elegir aquellos que cuadre con sus intenciones. Los buenos libros sobre el arte de reconocer y evitar el error tendrán mucho en común con los buenos libros sobre el arte de cantar, de boxear o de hacer el amor.
[...] Tal como se conoce la educación científica tiene este propósito que consiste en llevar a cabo una simplificación racionalista del proceso «ciencia» mediante una simplificación de los que participan en ella[41]. Para ello se procede del siguiente modo. Primeramente, se define un dominio de investigación. A continuación, el dominio se separa del resto de la historia (la física, por ejemplo se separa de la metafísica y de la teología) y recibe una «lógica» propia[42]. Después, un entrenamiento completo en esa lógica condiciona a aquellos que trabajan en el dominio en cuestión para que no puedan enturbiar involuntariamente la pureza (léase esterilidad) que se ha conseguido[43]. En el entrenamiento una parte esencial es la inhibición de las intuiciones que pudieran llevar a hacer borrosas las fronteras (del dominio que se ha delimitado). La religión de una persona, por ejemplo, o su metafísica o su sentido del humor no deben tener el más ligero contacto con su actividad científica. Su imaginación queda restringida e incluso su lenguaje deja de ser el que le es propio[44].

Los límites de la argumentación

La idea de un método que contenga principios científicos, inalterables y absolutamente obligatorios que rijan los asuntos científicos entra en dificultades al ser confrontada con los resultados de la investigación histórica. En ese momento nos encontramos con que no hay una sola regla, por plausible que sea, ni por firmemente basada en la epistemología que venga, que no sea infringida en una ocasión o en otra. Llega a ser evidente que tales infracciones no ocurren accidentalmente, que o son el resultado de un conocimiento insuficiente o de una falta de atención que pudiera haberse evitado. Por el contrario, vemos que son necesarias para el progreso[45].
[...] Ahora bien, si son los eventos, no necesariamente los argumentos, la causa de que adoptemos nuevos estándares, incluyendo formas nuevas y más complejas de argumentación, ¿no forzarán a los defensores del status quo a suministrar no sólo argumentos, sino también causas contrarias? (La virtud, sin el terror, es inefectiva, dice Robespierre). Y si las viejas formas de argumentación se hacen demasiado débiles para servir como causa, ¿no deben estos defensores bien abandonar, bien recurrir a medios más fuertes y más irracionales? (Es muy difícil, acaso completamente imposible, combatir mediante argumentos los efectos del lavado de cerebro). Incluso los racionalistas más puritanos se verán forzados entonces a dejar de razonar y a utilizar, por ejemplo la propaganda y la coerción, no porque alguna de sus razones haya dejado de ser válida, sino porque las condiciones psicológicas que las hacen efectivas, y capaces de influir sobre otros, han desaparecido. ¿Y cuál es la utilidad de un argumento que deja a la gente impertérrita?[46]
A quienes consideren el rico material de que nos provee la historia y no intenten empobrecerlo para dar satisfacción a sus más bajos instintos y al deseo de seguridad intelectual lo que proporcionan, por ejemplo, la claridad y la precisión, a esas personas les perecerá que hay solamente un principio que puede ser defendido bajo cualquier circunstancia y en todas las etapas del desarrollo humano. Me refiero al principio Todo vale[47].
[...] Sugiero la introducción, elaboración y propagación de hipótesis que sean inconsistentes o bien con teorías bien establecidas o con hechos bien establecidos. O, dicho con precisión, sugiero proceder contrainductivamente además de proceder inductivamente[48]. También propuse aumentar el contenido empírico con la ayuda de un principio de proliferación: inventar y elaborar teorías que sean inconsistentes con el punto de vista comúnmente aceptado, aun en el supuesto de que éste venga altamente confirmado y goce de general aceptación[49]. Considerando los argumentos acabados de resumir, semejante principio sería una parte esencial de todo empirismo crítico[50][51].

Guía de preguntas:

1. ¿Por qué afirma Feyerabend que el anarquismo es una excelente base a la epistemología? 2. ¿Por qué sólo un «oportunista» puede tener éxito en la ciencia? 3. ¿Por qué no basta un método para el desarrollo de la ciencia? ¿Qué más se requeriría? 4. ¿En qué debiera consistir una teoría del error? 5. ¿En qué consiste la «educación científica» y cuáles son sus efectos para Feyerabend? 6. Explique la posición metodológica de Feyerabend apelando a sus principios fundamentales.
NOTAS:

[1] Si bien Kuhn no es un pensador dialéctico, sus investigaciones interesan en este lugar porque introduce la historia de la ciencia como un aspecto relevante en la teoría y el método científicos. Kuhn ha mostrado que la historia no es un elemento exterior e inesencial en el desarrollo de las ciencias.
[2] Hegel y Marx piensan que la realidad efectiva presente (entendida como el más alto grado de desarrollo de la realidad y de la conciencia) es el criterio para juzgar el progreso en todos los campos. Ambos creían que todo lo que los hombres hacen, sus acciones y producciones, y la “verdad” de sus resultados debe evaluarse sobre la base de los mejores resultados de cada etapa histórica. Como ellos, Kuhn piensa que “lo-que-conocemos” es diferente en cada momento histórico, pero no cree que los resultados de las últimas etapas permitan evaluar los de las etapas anteriores, porque el modelo de cada etapa no se desprende necesariamente ni por deducción, ni por oposición de “lo-que-se-conocía” en el momento histórico anterior.
[3] Kuhn, Th.: La estructura de las revoluciones científi­cas, México, F.C.E., 1985, p. 271. Se trata de una definición es “circular” porque, a su vez, una comunidad científica se define porque sus miembros com­parten un paradigma. La circularidad consiste en que un término [paradigma] se explica por otro [lo compartido por una comunidad científica] y, a su vez, éste [lo compartido por una comunidad científica] se explica por el primero [paradigma].
[4] Dado que un paradigma nunca está completamente formulado a priori de la inves­tigación, la “adopción” del paradigma no puede entenderse como una instauración definitiva, sino como una etapa de transición y de modificación en el planteo de problemas y de líneas de investiga­ción.
[5] Kuhn, Th.: 1985, p. 33.
[6] Kuhn, Th.: 1985, p. 52.
[7] Ibidem.
[8] Kuhn, Th.: 1985, p. 33.
[9] Kuhn, Th.: 1985, pp. 53-4.
[10] Kuhn, Th.: 1985, p. 192.
[11] “A-nómalo” significa literalmente “sin norma” o “sin ley”. Las anomalías son los hechos que no se logran explicar y los problemas que no encuentran solución a partir del paradigma aceptado.
[12] Cf. más abajo la referencia a la dialéctica como “resignificación”.
[13] Ello supone una teoría acerca de la importancia de los marcos teóricos de referencia como condición de posibilidad para la experiencia. Esto se ilustra cuando Kuhn observa que “las operaciones y mediciones que realiza un científico en el laborato­rio no son «lo dado» por la experiencia, sino más bien «lo reunido con dificultad»“ (Kuhn, Th.: 1985, p. 197).
[14] Feyerabend, Paul: Contra el método, traducción de Francisco Hernán, Editorial Planeta-Agostini, Barcelona, 1994, p. 14.
[15] Feyerabend, P.: 1994, p. 15.
[16] Ibidem.
[17] Feyerabend, P.: 1994, pp. 11-2.
[18] Feyerabend, P.: Adiós a la razón, Tecnos, Madrid, 1987, p. 60.
[19] Feyerabend, P.: 1987, pp. 115-6.
[20] Feyerabend, P.: 1987, p.28.
[21] Feyerabend, P.: 1994, pp. 21 y 22.
[22] Feyerabend, P.: 1994, p.25.
[23] Feyerabend, P.: 1987, p. 32 (cursivas en el originial).
[24] López Gil, M.-Delgado, L.: 1997, p. 191.
[25] Feyerabend, P.: 1987, p. 59.
[26] Feyerabend, P.: 1987, p. 60, nota 36.
[27] Feyerabend, P.: 1994, p. 114.
[28] Feyerabend, P.: 1987, p. 108.
[29] Para una caracterización del concepto de ciencia normal, ver Etchegaray, R.: 1996, pp. 138-40.
[30] Es necesario entender esta brevísima descripción de los alcances de la actividad científica normal en relación con la afirmación del parágrafo anterior: «...un paradigma es raramente un objeto para renovación». Es decir, la actividad normal de la ciencia no consiste en proponer nuevas hipótesis, sino preferentemente en coordinar las ya existentes entre si, y con la experiencia.
[31] El concepto de «investigación científica fáctica» se refiere a las instancias de la investigación normal centrada en el intento de articulación de la teoría y la experiencia.
[32] Se trata aquí del conocimiento de las características de aquella porción de la base empírica a la cual se refieren las teorías derivadas del paradigma.
[33] Se trata en este caso del conocimiento de aquellas regiones de la base empírica señaladas por problemas colaterales derivados de las teorías normales y de los desarrollos de aparatos necesarios para la optimización de la observación y la experimentación relacionadas con el primer grupo de focos de investigación fáctica.
[34] Se trata finalmente del conocimiento de la base empírica al que se recurre con el objeto de precisar y articular, por un lado, leyes que enuncien regularidades en la base empírica, de tipo cuantitativo y/o cualitativo; y, por el otro, metodologías de experimentación y observación de la base empírica.
[35] Esta afirmación debe ser entendida en relación con las afirmaciones del parágrafo siguiente: «... los datos no son inequívocamente estables. Un péndulo no es una piedra que cae».
[36] Lo que Kuhn argumenta en este parágrafo y que, como hemos señalado, se relaciona con el parágrafo anterior, es que la observación es ya una forma de interpretación; es decir, que no se trata de observar e interpretar como dos pasos distintos y sucesivos, sino que la observación implica necesariamente la puesta en juego de una carga teórica interpretativa. Al observar se realizan diversas actitudes interpretativas tales como: a) la selección o el recorte de la base empírica considerada relevante; b) la selección de las características de la base empírica recortada que se considera relevante; c) la predisposición a aceptar, por ejemplo, la interferencia en el mundo empírico de fuerzas sobrenaturales o no reductibles a entidades observables. Estas actitudes, por su parte, dependen de las características del paradigma que esté funcionando como marco para el desarrollo de la investigación normal.
[37] Kuhn, Thomas: La estructura de las revoluciones científicas, traducción de Agustín Contín, México, F.C.E., 1986, pp. 51, 52, 53, 54, 55, 57, 61, 176, 191.
[38] Anarquismo: doctrina difundida principalmente en el siglo XIX que sostendría la ausencia de toda autoridad que suponga la anulación de la autonomía individual como la condición de posibilidad para el ejercicio de las capacidades naturales del individuo. Bakunin, de origen ruso, que vivió entre 1814 y 1876 fue uno de los teóricos del anarquismo. Feyerabend propone el anarquismo epistemológico porque entiende que las metodologías de las ciencias no han proporcionado, no pueden ni deben pretender proporcionar reglas universales por las que deban conducirse todos los científicos. Esto es así porque, por un lado, todas las metodologías tienen sus limitaciones y, por el otro, Feyerabend argumenta que importantes descubrimientos científicos fueron posibles precisamente gracias a la «insubordinación» de los científicos respecto de la metodología.
[39] El autor se refiere a las reglas o estándares que suelen emerger de las teorías epistemológicas que se manifiestan como infalibles, claros, sistemáticos, necesarios y objetivos. Estándares que determinan al científico para que rechace o acepte determinadas hipótesis o teorías, por ejemplo, por ser no falsables (Popper) o por carecer de base empírica (positivismo).
[40] El error cometido por el investigador, pensador e incluso por un instrumento individual de medida es un fenómeno histórico cuyas sugerencias casi siempre basadas en la experiencia y la práctica científica más que en las teorías epistemológicas es necesario reconocer y aceptar. Esto es así dado que el error suele consistir no en una equivocación en la observación o el razonamiento, sino en un alejamiento voluntario y consciente de los estándares metodológicos. Desde esta perspectiva, Feyerabend relaciona la verdad con el arte más que con algún tipo de teoría epistemológica.
[41] La «simplificación racionalista» consiste en seleccionar únicamente los aspectos racionales de la actividad científica y excluir los aspectos creativos e intuitivos -en suma, los aspectos no metodológicos- de la exposición de la historia de la ciencia y de los procedimientos metodológicos. De la misma manera, Feyerabend sugiere que la educación científica aísla las capacidades racionales de los individuos de las capacidades creativas e intuitivas privilegiando y desarrollando las primeras y «atrofiando» las últimas.
[42] Feyerabend se refiere a que el dominio del conocimiento científico tiene procedimientos y características propias que lo distinguen -no sin carga valorativa- de otros dominios de la actividad humana.
[43] Feyerabend iguala «pureza» entendida como objetividad, neutralidad valorativa, precisión deductiva, con «esterilidad» dado que, a lo largo de la historia de la ciencia, fueron precisamente las violaciones a la pureza de los procedimientos de investigación las que permitieron muchos descubrimientos importantes.
[44] Feyerabend arremete contra lo que él entiende atenta contra la libertad del individuo a partir de la educación. Citando a Bakunin recuerda su sentencia: «que la gente se emancipe por sí misma». Se ha separado la Iglesia del Estado pero no el Estado y la ciencia. Las escuelas enseñan ciencia como algo natural pero impiden la libre elección del individuo ante ella. Es más, lavan la cabeza del estudiante de religiones, principios metafísicos, etc., para que se inicie en el pétreo camino de la ciencia.
[45] Afirma Feyerabend que hay momentos en los que no sólo no es perjudicial sino que es conveniente que se introduzcan hipótesis ad hoc para progresar en la investigación. Esto contradice a la teoría popperiana que niega y descalifica a los trabajos que justamente incluyan ese tipo de hipótesis. Para Feyerabend el admitirlas es parte de la anarquía epistemológica, no en el sentido vulgar de propuestas caóticas, sino como ejercicio de libertad intelectual que el científico debe practicar y ha practicado si se analiza la historia de las ciencias.
[46] Para entender este párrafo, pensemos cómo es que en general se «aprenden» reglas de conducta, o criterios de comportamiento, normas religiosas, o conocimientos. Un niño no aprende que no debe mentir argumentativamente, sino a raíz de un castigo. Del mismo modo, las normas religiosas se aprenden por la fe o el temor, y ciertas normas de conducta se adquieren debido a un sentimiento de respeto. Ahora bien, ninguno de los aprendizajes mencionados derivan de la exposición argumentativa de procedimientos racionales. Feyerabend extiende esta forma de aprendizaje a la ciencia y concluye que la aceptación de estándares científicos tampoco se alcanza mediante la exposición argumentativa de procedimientos racionales, sino mediante estrategias no necesariamente argumentativas, ni racionales. En otras palabras, Feyerabend concluye que la argumentación no se sostiene argumentativamente, dado que si alguna persona no admite la argumentación racional como estrategia de procedimiento científico -o no-, no es argumentativamente como se «convencerá» a tal persona de aceptar la argumentación.
[47] El principio «Todo Vale» no debe comprenderse como ausencia de todo tipo de límites: es necesario remitirse al manifiesto deseo del autor de proteger y profundizar la libertad del individuo de no aplicar cuando lo considerare necesario las indicaciones metodológicas al desarrollar investigaciones científicas. Feyerabend arremete contra la idea de identificar la racionalidad de la ciencia con un riguroso proceso metodológico que guíe las elecciones y decisiones de los científicos y sostiene que esta tendencia no se debe a una decisión racional sino a una inseguridad irracional -semejante a la que Nietzsche acusa a los filósofos de tener- frente a la diversidad de posibilidades de formas de conocer. Afirma que, por otra parte, aceptar que la ciencia debe ajustarse a reglas fijas y universales no es realista (porque desconoce la capacidad creativa del hombre), es perniciosa porque atenta contra el crecimiento humano en aras del crecimiento exclusivamente profesional, y es perjudicial para la misma ciencia porque no tiene en cuenta las condiciones materiales e históricas que hacen al cambio científico.
[48] Proceder inductivamente consiste en no aceptar como leyes enunciados universales que no estén sustentados sobre una base suficiente de enunciados observacionales. En este caso, entonces, las leyes y teorías deben no sólo coincidir sino desprenderse de los «hechos». Por el contrario, la contrainducción consiste en aceptar leyes y teorías que no sean consistentes con «hechos» o enunciados observacionales o enunciados generales descriptivos aceptados. Feyerabend sostiene que, entre otros, Galileo procedió contrainductivamente cuando sostuvo la hipótesis del movimiento de la tierra aún cuando la evidencia observacional «demostraba» lo contrario (Feyerabend, Paul: Contra el método, Editorial Alianza, capítulo V).
[49] La diferencia entre el principio de contrainducción y el de proliferación consiste en que mientras el primero propone la sugerencia de hipótesis que contradigan los «hechos», el segundo propone la sugerencia de hipótesis que contradigan leyes y/o teorías aceptadas.
[50] La contrainducción y el principio de proliferación constituyen los ejes metodológicos fundamentales de la postura de Feyerabend. No propone la ausencia de toda metodología sino la no adscripción a una sola concepción de racionalidad, la «científica», y dentro de ella a determinados y exclusivos métodos y reglas.
Proceder contrainductivamente y alentando la proliferación de hipótesis no significa necesariamente abandonar la inducción o la deducción; se trata, por el contrario, de enriquecer las posibilidades argumentativas y no argumentativas que impulsan el progreso científico.
[51] Feyerabend, Paul: Contra el método, Madrid, Editorial Alianza, pp. 11-26.